Literalmente. Si no has terminado de ver la cuarta temporada de Dexter será mejor que no continúes leyendo, y ¡Cuidado con las imágenes que ilustran la entrada, son muy gráficas!
Mi relación con Dexter siempre ha sido de tira y afloja, quizá porque nunca he sabido ver las bondades que todo el mundo lanzaba al vuelo sobre ella, quizá porque nunca me ha caído muy bien Michael C. Hall, ni aquí ni en Six Feet Under, o quizá porque el arco argumental que nos presentan cada temporada tiene un principio, nudo y desenlace un tanto obvios que hace que le cueste arrancar hasta promediado su ecuador.
Sin lugar a dudas, esta cuarta temporada ha sido la más disfrutable de todas, porque no me negareis que la tercera temporada fue un estupor continuo que solo cogió ritmo una vez estaba a punto de terminarse, y aunque Miguel Prado parecía la reluche al final no fue para tanto.
Entre las virtudes de esta temporada destaca el hecho de haber estado mucho más cohesionada, sin episodios de relleno, con una trama atractiva para el personaje de Deb, que me ha gustado cien veces mas que en los tres últimos años, la evolución de Dexter hacia un ser humano con sentimientos hacia su familia y como no, John Lithgow, que ha demostrado su valía interpretativa, porque aunque me costó despegarme de la arraigada imagen de este actor como un alocado extraterrestre, una vez superado el trámite se come con patatas al resto del casting.
Aunque también han habido cosas malas, la relación de Laguerta y Batista ha sido un peñado del quince, Masuka ha perdido todo su encanto, ese pesado Harry Morgan al más puro estilo Six en Galactica como el Pepito grillo incesante repartidor de dosis de moral en formato familiar, ese estilismo de Dexter cuando va a matar, siempre con la misma camiseta, como si los guionistas pensasen que somos tontos y nos avisaran de que Dexter está en modo malote, como cuando los superhéroes salen a patrullar y se ponen su uniforme, y Christine Hill, la periodista que esconde un secreto y a la que se la veía venir desde Lima.
Dexter nos tiene acostumbrados a tramas sólidas dentro de su mitología y la revelación de que la periodista y el asesino en serie son padre e hija es más propia de cualquier culebrón de sobremesa. Y es que el descubrimiento de que Trinity también es un padre de familia me pareció otro gran acierto que se disolvió de forma fulminante al descubrir que también causaba estragos hacia sus familiares, diferenciándolo de un Dexter que continua jugando al juego que siempre se le ha dado tan bien.
La interacción entre Lithgow y C. Hall es maravillosa, la química en pantalla está muy bien lograda, y aunque era más que evidente que el pelirrojo mataría a su alter ego adulto en el último episodio, el ahora contigo, ahora contra ti ha sido lo más disfrutable de la temporada.
No estoy de acuerdo tampoco, con el concepto que los guionistas nos infunden en el que el padre psicótico debe tener un hijo/a igual de demente que él o que un gran trauma en la infancia puede repercutir en el desarrollo de un futuro monstruo. ¿Harry Jr continuará con las fechorías de papá?
Y es que la onírica escena final pone un broche dorado a la temporada más sólida de la serie con la muerte, ups, de Julie Benz, “Rira” o siempre en este blog Darla. ¡Habrá que preguntarse porque la pobre Julie muere en todas las series de esa forma tan calamitosa y siempre con un niño recién nacido!
Y es que con ese movimiento los guionista han apostado fuerte, cargarte un personaje principal siempre es muy difícil, pero creo que este va a ser un golpe de efecto enorme en el personaje de Dexter haciéndole cambiar de forma irremediable, aunque ¿Quién quiere verlo como un ejemplar y soltero padre de familia? Yo, desde luego, no.
Pienso que la cuarta temporada de Dexter, lejos de la perfección de la que muchos pregonan, ha sido un sólido ejercicio televisivo de cómo un drama puede seguir sorprendiéndonos tras 4 años en antena con una premisa que no va más allá de un Robin Hood llevado al extremo, pero que transita por esa delgada línea que hace que nos horroricemos con los crímenes a la vez que intentamos comprender las razones del porqué.
